Por José Nova
Para autores clásicos como Aristóteles o posmodernos como Zygmunt Bauman, la política debe estar sustentada en valores como la responsabilidad, la confianza y la justicia social. De ahí que al ejercicio del poder se le exija sabiduría, prudencia y una ética ciudadana orientada al bien común, en contraposición a la mera ambición de poder o al cálculo personal.
Aunque la sociedad dominicana exhibe una profunda desconfianza y apatía hacia la clase política, sentimiento alimentado por la percepción de corrupción y el reiterado incumplimiento de promesas, no es menos cierto que en la vida política nacional han existido y hay actores que, cuando les ha correspondido ejercer el poder, lo han hecho con vocación de servicio y compromiso con el interés colectivo.
Tomás Hernández Alberto, un vocero natural de las buenas causas y un defensor de los derechos, es uno de esos dirigentes cuya trayectoria ha estado marcada por la coherencia, la formación y el ejercicio responsable de la función pública. Ingeniero agrónomo, profesional del derecho, académico universitario, legislador y gestor público, su carrera política no responde a la improvisación, sino a una acumulación sostenida de experiencia en áreas clave del desarrollo nacional, particularmente en el sector agropecuario y en el fortalecimiento institucional del Estado.
Desde las distintas posiciones que ha ocupado este reconocido miembro del Partido Revolucionario Moderno (PRM) y presidente del Movimiento Poder Pal’ Pueblo, ha hecho aportes concretos y verificables. En la administración pública impulsó procesos de organización institucional, amplió el acceso al crédito agrícola, fortaleció la extensión rural y contribuyó a la seguridad jurídica de miles de familias mediante programas de titulación. Son acciones que trascienden el discurso político y se expresan en resultados tangibles.
En el ámbito legislativo, su huella también quedó marcada por iniciativas de alto impacto social, especialmente a favor de la juventud dominicana. Fue propulsor de la creación del Día Nacional de la Juventud y del Premio Nacional de la Juventud, instrumentos que no solo reconocen el talento y el esfuerzo de los jóvenes, sino que los colocaron en la agenda pública como sujetos de derechos, oportunidades y reconocimiento institucional.
Más allá de las leyes y resoluciones, Hernández Alberto ha mantenido una relación constante con la juventud desde la formación y el acompañamiento político. A lo largo de los años ha promovido la inclusión de nuevas generaciones en los espacios de decisión, respaldando liderazgos emergentes y fomentando una cultura de participación responsable, sin tutelajes ni imposiciones.
Uno de los rasgos más valorados de su trayectoria ha sido la pulcritud en el manejo de los cargos públicos y una conducta ética sostenida en el tiempo.
En el plano partidario, ha sido actor clave y testigo de procesos históricos determinantes. Diputado en dos períodos, vocero legislativo, asesor congresual y estratega de campañas presidenciales, su conocimiento del funcionamiento interno de los partidos y de las dinámicas electorales lo convierten en una voz autorizada para analizar escenarios y anticipar consecuencias.
Asimismo, ha desempeñado un rol discreto pero constante en la formación y acompañamiento de nuevos liderazgos, contribuyendo a una renovación política ordenada y responsable. Esa capacidad de aportar sin imponer fortalece a las organizaciones y contribuye a su estabilidad a largo plazo.
En una coyuntura como la actual, donde la credibilidad de la política es permanentemente cuestionada, ese capital moral adquiere un valor singular, tanto hacia el interior de las organizaciones políticas como frente a la opinión pública.
Para el gobernante Partido Revolucionario Moderno (PRM), contar con dirigentes de este perfil no solo resulta conveniente, sino necesario.
La madurez política se expresa, entre otras cosas, en la capacidad de reconocer y aprovechar la experiencia acumulada, especialmente en momentos donde las decisiones exigen prudencia, visión de largo plazo y sensibilidad social.
En definitiva, Tomás Hernández Alberto encarna un tipo de liderazgo que aporta estabilidad, reflexión y sentido estratégico, con una mirada inclusiva que ha sabido integrar a la juventud como parte esencial del desarrollo democrático.
En tiempos donde la política suele sucumbir a la inmediatez y al ruido, esas cualidades marcan la diferencia entre los partidos que logran sostenerse y aquellos que se debilitan por no saber escucharse a tiempo.

